diumenge, 17 de gener de 2016

«Lingüistas», de Mario Benedetti

Una anècdota, una simple impropietat pot suposar la fi d'una disciplina. No dir les coses pel seu nom és l'errada més estúpida que un hom podia cometre. La imbecilitat del savi-ruc queda en evidència. No és estrany que cada dia hi hagi més detractors: amb l'exemple prou queda clar que un subaltern té més sentit comú que les baboiades d'una colla de lletrats toixarruts. 

*

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió a la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filósofos, semiólogos, críticos estructuralistas y deconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemántica.

De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:

- ¡Qué sintagma!
- ¡Qué polisemia!
- ¡Qué significante!
- ¡Qué diacronía!
- ¡Qué exemplar ceterorum!
- ¡Qué Zungenspitze!
- ¡Qué morfema!

La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.

Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: “Cosita linda.”

Mario Benedetti, Despistes y franquezas (1989)